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Encontarse en medio de la tormenta
Me gusta salir al patio para mirar cuando se van formando las tormentas. Todo ese movimiento de masas de aire, las nubes que se hacen cada vez más espesas, los truenos que van anunciando el temporal y el espectáculo maravilloso de los rayos y las centellas, todo ello es algo que disfruto mucho, Lo disfruto y no deja nunca de asombrarme el tremendo poder que Dios depositó en la naturaleza.

Debo confesar que no me pasa lo mismo cuando las tormentas vienen en forma de tempestades que corren por el interior de mi persona, cuando hay cosas que me afectan y que me desestabilizan. En esas tormentas, tengo un instinto desarrollado que me lleva a huir, a refugiarme en algún lugar muy profundo de mi interior hasta que esa tormenta pase, para salir luego a festejar que el temporal haya pasado. Mientras tanto, me limito a esperar, me quedo como inmóvil mientras todo alrededor es movimiento frenético.

Escuchaba hoy por la radio una frase que decía algo así como: "No esperes a que pare la lluvia para bailar, sino aprende a bailar bajo la lluvia". Me gustó, pero me dí cuenta que, siendo hijo de Dios, a esa frase le faltaba algo, como que el peso de disfrutar o no aún en medio de la tormenta sólo quedaba librado para los más fuertes, aquellos con más actitud que la del resto de nosotros los que huimos de las tormentas interiores. Por ello, me permití reformular la frase, poniendo al Fuerte, al Altísimo y Todopoderoso Dios en la ecuación, y me quedó algo así como: "¿Por qué esperar a que pase la tormenta para empezar a bailar si podemos disfrutar de bailar a la luz de los rayos, con el sonido del viento y el frío de la lluvia con Aquel que está por encima de la tormenta mas fuerte?"

Y cuando pienso en tormentas y de cómo enfrentarlas, me sirve mucho el accidentado viaje del apóstol Pablo rumbo a Roma, relato que encontramos en Hecho 27. Él sabía que ese viaje no era una buena idea, pero como iba en manos de otros (y de Otro cuyos planes para con Pablo incluían una fuerte tormenta en medio del Mediterráneo) tuvo que verse en medio de un temporal de viento huracanado y de olas que se levantaban como inexpugnables muros enfrente y todo alrededor de la embarcación, haciendo que hasta el más valiente de los marineros se sintiera un grumete sin experiencia.

Aún el escritor Lucas, que se involucra en el relato nos informa que: "ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos".

En medio de esa tormenta feroz el apóstol tuvo un encuentro con un mensajero de lo alto que le dijo que llegarían a salvo a destino. Eso no sólo animó a Pablo, sino que también sirvió para que el apóstol alentara a los demás tripulantes de lo que quedaba del pobre navío (Hch 27.21-26). Su ánimo reforzado lo llevó a ser un agente de bendición en un ambiente en el que la gente que lo rodeaba estaba ya sin esperanza. De hecho, aún su acto de dar gracias cuando todavía estaban en el barco, nos muestra cómo cambia la visión de uno cuando sabe que su destino está en manos de quien nos ama, y que aún en medio de la más potente de las tormentas se puede tener un encuentro con Dios. Es difícil y a veces faltan las fuerzas para ello, pero el saber dar gracias cuando aún persiste el temporal nos abre la puerta para recibir fuerzas de Dios.

Eso me lleva a ir cambiando de a poco la forma en que puedo encarar mis propias tormentas. De la misma manera que me maravillo del espectáculo natural que acompaña a las tormentas naturales, no esperaré a que la tormenta pase para disfrutar de la compañía de aquel que está por encima de los vientos y de los rayos. Me tomaré el tiempo de buscarlo allí, en medio de la tormenta, no me encerraré, ni me taparé los oídos, pues de seguro algo tiene que decirme en ese momento. Y la forma en que yo pueda ver a Dios en medio de mis tormentas, me puede llevar a guiar a otros a enfrentar sus propias tormentas. El valor de ser un caminante de tormentas junto a Dios es algo que es apreciado por aquellos que necesitan ser alentados.

La vista nos puede decir que no hay esperanza o que determinada circunstancia es imposible de sortear por nuestros propios medios. Pero la fe nos lleva a mirar más allá, hacia aquel que permite las tormentas y toda circunstancia en nuestras vidas, no porque disfrute de vernos enredados y con temor, sino porque él mismo se ofrece a cruzar con nosotros hasta la otra orilla y hasta que el sol vuelva a salir. Aprendamos a disfrutar de su compañía incluso allí, en medio de la tormenta.

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