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 “Entréguense por completo a Dios… preséntenle todo su ser para propósitos justos”

ROMANOS 6:13 (PAR)

El corazón de la adoración es rendirse, entregarse a Dios. La verdadera adoración (agradar a Dios) se da cuando nos entregamos completamente a él. Ofrecerte a Dios es la esencia de la adoración. A este acto de entrega  personal se la llama de diversas maneras: consagración, que Jesús sea el Señor de nuestra vida, tomar la cruz, morir al yo, ponerse en manos del Espíritu. Lo que importa  es lo que se haga, no cómo se llame. Dios quiere nuestra vida: toda nuestra vida. El noventa y cinco por ciento no es suficiente.

La confianza es un ingrediente esencial de la entrega. No puedes entregarte a Dios si no confías en él, pero tampoco puedes confiar en él hasta que lo conozcas mejor. El temor impide entregarnos, pero el amor echa fuera el temor. Cuando más nos demos cuenta de lo mucho que Dios nos ama, más fácil nos resultará la entrega. Dios es amante y libertador, y cuando nos entregamos a él obtenemos libertad, no esclavitud. Cuando nos entregamos completamente a Jesús, descubrimos que no es un tirano sino el Salvador; no es un jefe sino un hermano; no es un dictador sino un amigo.

La entrega se demuestra mejor con la obediencia; trabajando codo a codo con el Creador. Dices: Sí Señor a cualquier cosa que te pida. El ejemplo supremo de entrega personal es Jesús. La noche antes de su crucifixión, Jesús se entregó al plan de Dios. Oró pidiéndole al Padre: “¡Padre!, todas las cosas son posibles para ti. Aparta de mí esta copa (de sufrimiento); pero no se haga la que yo quiero, sino lo que quieres tú” MARCOS 14:36 (RVR1995). La entrega auténtica dice: Padre, si este problema, dolor, enfermedad y circunstancia son necesarios para cumplir tu propósito y para tu gloria en mi vida o en la de otro, ¡no me libres de este trance!

“Así que debemos someternos completamente a Dios”

SANTIAGO 4:7 (PAR)

Si Dios va a trabajar a fondo contigo, comenzará con la entrega. Entrégale todo a Dios: lo que lamentas de tu pasado, tus problemas presentes, tus ambiciones de futuro, tus sueños, tus temores, tus debilidades, tus costumbres, tus penas y tus complejos. Pon a Cristo en el asiento del conductor de tu vida y suelta las riendas. No tengas miedo; nada que él tenga bajo su control puede quedar a la deriva. Si Cristo tiene el dominio, podrás enfrentarlo todo.